contenidos
que te acompañan a Ser,
mientras disfrutás
del recorrido
Artículos
Publicaciones de nuestros columnistas para meditar, reflexionar y disfrutar de un tiempo para ti de calidad.
La cereza es lo más importante
En cierto modo todas las tartas se parecen. Cambian los colores, los ingredientes y los sabores, pero conservan una esencia que las define como lo que son: una tarta.
El detalle es lo que lo cambia todo. Ese pequeño toque, esa diferencia sutil, que puede ser tanto externa como interna. Puede ser muy evidente, o totalmente discreta. Un aroma; una especia. Un cambio estratégico en la receta, o en la forma de prepararla. El decorado.
Sea como fuere, las tartas que quedan en nuestra memoria no son las estándar. Las comunes, las “normales”, las que son idénticas a las demás. Las que suelen anclarse en el recuerdo son aquellas que salieron de lo habitual, que rompieron el molde. Ese tipo de tartas que, hoy por hoy, está de moda llamar “disruptivas”. Las que tienen ese extra. Esa diferencia particular, inesperada. Esa elegancia que no es otra cosa que el aroma del estilo propio, de la identidad. Incluso si se trata solo de una pequeña cereza, la única en un pastel enorme. Su sello especial.
En una persona, esa cereza es su singularidad.
Eso es lo mejor que tenemos. Lo más valioso que podemos aportar al mundo, a los demás. Y, también, lo que más felicidad y plenitud puede generarnos. Porque no hay mayor placer que el permiso de ser quien uno es. De darle rienda suelta a la autenticidad. Me gusta más el término “singularidad”, porque creo que describe mucho mejor de qué se trata. Exalta con mayor claridad lo que se quiere expresar.
¿Y dónde encontrar tu cereza? ¿Cuál es? ¿Cómo ponerla en la cima, como en la tarta, para que destaque? Pues, la cereza que nos vuelve exquisitos está en el núcleo de nuestro corazón. Allí donde solo tú puedes llegar a mirar, y con la honestidad más desnuda, observar sin juicios cuál es tu verdad, tu manera de ver el mundo y de vivir, tus cualidades, lo que quieres dejar como huella, como legado, todo lo que se condensa en esa palabra única y profunda: singularidad.
Puedes comenzar buscando lo menos evidente en ti. Deja a un lado las expectativas ajenas, esas que te han acompañado desde que naciste. Déjalas respetuosamente, comprendiendo que no te pertenecen. Aunque sean muy positivas y muy válidas, no son tuyas. Quédate única y exclusivamente con las tuyas.
Sentir que no somos suficientes, o que no somos lo esperado, lo que ese otro quiere o desea, puede generar heridas muy profundas. Y como en todas las heridas, muchas veces el dolor no viene de la herida en sí, sino del deseo traicionado. De no haber logrado, alcanzado o completado el anhelo. Pero si el anhelo, además, es de otro... ¡Qué herida tan injusta dejas sin sanar!
A veces, lo que duele, lo que incomoda, no es lo que falta, sino lo que sobra. Buscamos un motivo, un sentido, porque pensamos que eso puede aliviar el dolor. Sin embargo, a veces esa búsqueda obstinada e incesante puede producir más incomodidad que alivio, porque nos impide soltar y seguir adelante.
Deja, insisto, la mochila de lo que otros eligieron para ti, y lleva solamente la que es tuya; la que te construye. La que te hace ser lo que viniste a ser, lo que eres. Es fundamental honrar ese aspecto sagrado e irrepetible de tu singularidad. Protege, a toda costa, tu cereza.
Las emociones negativas se disipan más fácilmente cuando las aceptamos. Rechazarlas o negarlas solo prolonga su agonía. A veces un cambio de perspectiva puede ser renovador.
Ya no respires por inercia; toma aire fresco.
Ya no bebas agua; hidrata tu cuerpo.
Ya no comas sin más; nútrete y disfruta de los sentidos.
Ya no saludes; conecta con el otro, y admira su singularidad.
Ya no te exijas hasta romperte; permítete intentar.
Ya no te culpes; comprende.
Y, por encima de todo, ya no sobrevivas: ¡vive!
Por Lauro Alonso
Parejas conscientes
El arte de amarnos desde la presencia, la compasión, el desapego y la gratitud
En un mundo donde las relaciones de todo tipo a menudo están expuestas al estrés cotidiano, las expectativas y la rutina, hablar de “pareja consciente” surge como una mirada Re-evolucionaria y transformadora. La pareja consciente implica mucho más que los lazos tradicionales que socialmente nos llegan a unir a otro ser, sino más bien, constituyen una relación basada en el autoconocimiento, la compasión y el compromiso con el crecimiento mutuo, porque aquí uno no viene a “completar al otro” sino compartirse desde la plenitud y la totalidad personal. Suena muy lindo, alentador e inspirador, pero, ¿cómo lograrlo?
Bueno, con profunda sencillez, humildad y honestidad compartiremos nuestra propia experiencia y aventura de pareja, donde sin duda nuestro camino no es la receta, ni mucho menos la única forma, pero sí una que nos ha llevado de manera amorosa, alegre y sin “esfuerzo” a construir este viaje en pareja y cómo esta visión puede convertirse también en una práctica espiritual que beneficia tanto a la mente como al corazón.
Diferencia entre enamoramiento y amor
La fase inicial es impulsada por la química, lo nuevo y la idealización de la pareja, generando una atracción intensa debido a la dopamina y otros neurotransmisores, es lo que llamamos enamoramiento. Por otro lado, el amor o el amor consciente es una etapa de mayor madurez en la relación, donde ambos eligen amarse, comprometerse y acompañarse, pero la clave de ésta etapa es lograr caminar manteniendo esa armonía, entusiasmo inicial y plenitud que experimentamos en la fase del enamoramiento.
Cuando estamos enamorados, nuestro cuerpo produce una química de bienestar y felicidad (dopamina, oxitocina, serotonina), que afecta nuestras emociones y fortalece el vínculo amoroso, entonces debemos buscar mecanismos, formas que nos encaminan a mantener esta “química” en la relación una vez terminada esa parte de “luna de miel”. Desde nuestra experiencia el camino más directo es cuando conscientemente elegimos ver y actuar desde la gratitud, el aprecio y la alegría, ya que estas emociones y sentimientos liberan los mismos químicos que cuando estamos en la fase inicial de enamoramiento. Aquí es donde radica lo fundamental y la importancia de expresar aprecio y agradecimiento de forma regular, ya que estos actos refuerzan los lazos afectivos y crean una atmósfera positiva en la relación. Agradecer a la pareja por los pequeños y grandes gestos es una práctica que nutre el amor y mantiene viva la conexión emocional.
Pero para que esto pueda suceder de manera orgánica, sin esfuerzo, con naturalidad tenemos que trabajar en nuestro propio crecimiento individual, porque para que una pareja consciente prospere, es fundamental que cada miembro trabaje en su propio desarrollo personal. Somos pareja, pero también seguimos siendo seres individuales con nuestras propias heridas, dolores, gozos, etc. y en lugar de depender emocionalmente del otro, cada persona se esfuerza por ser la mejor versión de sí misma. Esta autoexploración puede incluir prácticas como la meditación, la terapia o el trabajo con creencias limitantes y patrones emocionales, de esta manera asumimos la responsabilidad de nuestro propio bienestar, evitamos depositar nuestras expectativas en el otro, lo que contribuye a una relación equilibrada y auténtica, esto evita que el otro sea visto como “la mitad que me completa”, y a su vez fomenta la autonomía emocional. Este compromiso con el crecimiento individual nos permite evolucionar juntos, con dinámicas de cooperación en vez de una viciada codependencia.
Esta presencia consciente permite crear un ambiente de amor y respeto mutuo, en lugar de caer en patrones automáticos de reactividad y desconexión.
La comunicación se realiza de manera abierta, sin juicios y con intención de escuchar realmente al otro. Las prácticas de comunicación activa y el escuchar sin interrumpir son esenciales para resolver conflictos de manera respetuosa. Esta responsabilidad emocional implica tomar consciencia de nuestra historia de relaciones con toda esa carga de patrones, heridas y carencias emocionales que por lo general nos llevan automáticamente a culpar siempre al otro por lo que se siente. Cultivar la presencia nos lleva a un camino inteligente, donde nos vamos depurando y floreciendo individualmente en nuevas formas de vernos y ver al otro, porque estar en pareja no se trata solamente de estar físicamente presentes, sino de estar emocional, mentalmente y espiritualmente disponibles.
La ciencia muestra que practicar la presencia que es compasión, estimula la liberación de oxitocina, una hormona clave en la conexión y el apego saludable.
Desapego y no posesividad
“Si amas a una flor, no la arranques; porque si lo haces, muere y deja de ser lo que amas” decía Osho. Visión que se sostiene en la filosofía budista que nos deja claro que el apego genera sufrimiento, mientras el desapego nos permite amar sin poseer, ni controlar.
El desapego, a menudo incomprendido, nos invita a construir una relación libre de apegos posesivos, donde nos respetamos y valoramos como individuos completos. Amar desde el desapego no significa frialdad o distancia, sino una entrega sin necesidad de posesión. Esto implica permitir que cada uno tenga su propio espacio de crecimiento, sin intentar controlar o modificar al otro para satisfacerlas necesidades propias. Desde el desapego, podemos explorar nuestra esencia individual, sabiendo que el vínculo no depende de la dependencia emocional, sino de una elección libre y constante de compartir el camino juntos.
Por otra parte la no posesividad en una relación está muy lejos del desinterés, muy por el contrario, crea vínculos duraderos, sanos y evolucionados y nos lleva como hemos dicho a una responsabilidad emocional de no repetir patrones en nuestras relaciones porque seguimos apegados, consciente o fundamentalmente inconscientemente, a viejos fantasmas del pasado que nos llevan a ver al otro de una manera que no es, ya sea para bien o para mal.
El desapego de una relación consciente, no es más que el amor sin control ni posesividad, un amor liberador en el que cada persona florece a su manera, donde nos comprometemos, nos apoyamos y cuidamos mutuamente desde un amor que respeta la independencia de cada uno. No estamos con el otro para que nos “llene” o “complete”, porque eso implicaría que estamos incompletos. El camino es estar con el otro para compartir nuestra totalidad que nos ayuda a crecer, siempre desde un lugar de libertad, respeto y admiración. El desapego es un bello y poderoso acto de amor en su forma más pura, una invitación a que cada uno sea su mejor versión sin perderse en la otra persona.
Comunicación consciente y honesta
Expresar nuestras emociones con claridad, sin juicios, sin culpar, es una tarea fundamental en la construcción de una relación sana y duradera, porque ayuda a crear un entorno seguro en el que ambos se sienten escuchados. Como decía Humberto Maturana: “aprender a escuchar al otro para entender y no para discutir”, esta bella y profunda frase nos lleva e invita a dejar aparecer al otro y mirarlo desde el corazón, no desde la razón solamente. Esta capacidad de estar realmente presentes abre el espacio para el reconocimiento de nuestras emociones y las del otro, creando de esa manera una comunicación profunda y sin juicios, evitando malentendidos, exiliado los supuestos y descontaminándonos de los resentimientos, porque de no sea así solamente nos lleva inevitablemente al dañino desgaste emocional.
La comunicación es el oxígeno de una pareja consciente; sin comunicación abierta y sincera, el amor se terminará asfixiando.
El amor en la pareja como un camino de despertar
En una pareja consciente, el amor se convierte en una práctica espiritual colectiva e individual, nos permite ser un espejo donde descubrimos las virtudes y transformamos las sombras. Vamos más allá de satisfacer solamente deseos y necesidades, es un camino para cultivar cualidades como la compasión, la generosidad, la humildad, la alegría, la simplicidad, uno elige acompañarse en el crecimiento personal y espiritual, comprometerse con el bienestar del otro y de uno mismo, para caminar en libertad y amor, convertirse mutuamente en un faro que ilumina los momentos de dificultad, de sombra en la relación y de la vida cotidiana.
Esta danza entre presencia, compasión, desapego y gratitud no es un ideal inalcanzable; es un viaje que se transita a voluntad, con compromiso y amor consciente. En este camino, la relación deja de ser una unión meramente social y convencional, para pasar a convertirse en un espacio de desarrollo mutuo y profundo, un laboratorio de crecimiento espiritual y emocional, una verdadera alquimia en la que ambos se descubren, se expanden y transforman.
La relación se convierte sin esfuerzo en una fuente de inspiración y crecimiento no solamente para la pareja, sino también para nuestro entorno. La relación también es un acto de amor y servicio al mundo, una motivación para evolucionar colectivamente, es la manifestación del equilibrio y de la potencia de la polaridad, del yin y yang, es la danza de sostener y dejarse sostener, de dar y recibir, del movimiento y la quietud.
Si entendemos que esta es la más noble aspiración como pareja estaremos contribuyendo a la transformación global, pero si nos quedamos amarrados, cristalizados, estancados en intentar a fuerza algo que no funciona estamos contribuyendo a la involución. No dejemos pasar la vida forzando, no todas las relaciones son compatibles, pero todas nos ayudan a crecer, cada una tiene su propio tiempo y propósito.
Saber soltar desde la gratitud es entender el amor y vivir del amor, es abrir el campo de las posibilidades a lo nuevo y en lo nuevo siempre hay una nueva oportunidad de ser una pareja consciente.
Por Klaudio Maturana y Belén Allendes
Cumplir tus sueños
¿Que más buscamos en nuestra vida que realizarnos y disfrutar del eterno momento presente? ¿Qué búsqueda puede ser más trascendente que esa? El miedo a lo desconocido y al dolor nos impide el cambio, pero es precisamente cuando nos animamos a lo nuevo que comenzamos a construir nuevas realidades.
Aceptando el cambio se nos abren nuevos caminos que nos conducirán a cumplir los sueños que nos esperan y que muchas veces nosotros mismos impedimos. Y lo comparto desde mi vivencia.
La VIDA NO ESPERA y las oportunidades llegan para desafiarnos a vivir de otra manera con la posibilidad de crear una experiencia llena de paz, alegría y satisfacción. Para eso hay que tener el coraje y la confianza de dar los pasos necesarios que nos sitúen en un nuevo camino, un camino que ineludiblemente tiene que tener corazón.
Y aquí me voy a detener por un instante para diferenciar claramente los sueños que están vinculados con el Tener y los que tienen directa relación con el Ser, con nuestra esencia.
Los primeros son más alcanzables de lograr ya que están ligados a metas puntuales y tangibles: ya cumplí el sueño de tener una profesión, de tener el último celular, de hacer un viaje, de tener un auto, un buen trabajo y una pareja e hijos. Me pregunto si estos son realmente los sueños más importantes de lograr si los hacemos con el solo propósito de cumplir con lo que la sociedad dice que hay que hacer para ser feliz. Una cultura de consumo e inmediatez avasallante que no se detiene y nos impide hacer una pausa, mirar en nuestro interior e identificar si todos esos sueños nos brindan un estado duradero de bienestar o solamente picos de alegría pasajeros.
Los sueños que nutren verdaderamente a nuestro Ser son mucho más desafiantes ya que implican un sinceramiento con quien nos habita para preguntarle qué sentido queremos darle a nuestra vida, hacia dónde queremos ir, cómo queremos llegar y con quien queremos caminar. Y nada tiene que ver en esto los títulos, la reputación ni los bienes materiales.
Se trata de una mirada más profunda, con conciencia, de qué tipo de vida queremos para nosotros. Lo esencial es invisible a los ojos decía el autor de El Principito y este concepto toma cada vez mayor relevancia para mi. Los sueños del corazón constituyen los más preciados intangibles ya que contienen y dan forma a nuestro Ser, nos permiten avanzar en la vida. Serán mucho más duraderos y conformarán una base sólida que nos ayudará a navegar los oleajes emocionales que sin duda todos experimentamos.
Los sueños del Ser para mi tienen el condimento más preciado, el Amor. Y un papel muy importante para que se cumplan lo determina la calidad de nuestros vínculos con los demás. Estoy convencido que la vida me regalará y les regalará nuevas oportunidades para seguir caminando la vida con las personas que aman, esas que nos nutren y hacen crecer. Nada más importa.
Elegir la manera en la que me relaciono y desde qué lugar camino la vida con mis hijos, con mi pareja, con mis padres, con mis amigos y con todo aquel que me cruce, es la llave para darle sentido al sueño más importante de todos que es el de Ser Feliz.
Por Luis Benia
La patología del éxito
Vivimos en una sociedad que valora a los triunfadores al tiempo que margina a los perdedores. Sin embargo, ¿qué es el éxito? ¿Y el fracaso? ¿Por qué hay personas que convierten su vida en una competición?
Cuenta una interesante historia que un anciano empresario le regaló a su nieto el juego del Monopoly por su decimoctavo aniversario. Era verano y el joven disfrutaba de sus vacaciones antes de comenzar la carrera de ciencias económicas. Era un chico ambicioso. Quería superar la fortuna acumulada por su abuelo. Por la tardes, los dos se sentaban junto al tablero y pasaban horas jugando.
A pesar de la frustración de su nieto, el empresario seguía ganándole todas las partidas, pues conocía perfectamente las leyes que regían aquel juego.
Una mañana, el joven por fin comprendió que el Monopoly consistía en arruinar al contrincante y quedarse con todo. Y hacia final del verano, ganó finalmente su primera partida. Tras quedarse con la última posesión de su mentor, se enorgulleció de ver al anciano derrotado. “Soy mejor que tú, abuelo.
Ya no tienes nada qué enseñarme”, farfulló, acunando en sus brazos el botín acumulado.
Sonriente, el empresario le contestó: “Te felicito, has ganado la partida. Pero ahora devuelve todo lo que tienes en tus manos a la caja. Todos esos billetes, casas y hoteles. Todas esas propiedades y todo ese dinero. Ahora todo lo que has ganado vuelve a la caja del Monopoly.” Al escuchar sus palabras, el joven perdió la compostura.
Y el abuelo, con un tono cariñoso, añadió: “Nada de esto fue realmente tuyo. Tan solo te emocionaste por un rato. Todas estas fichas estaban aquí mucho antes de que te sentaras a jugar, y seguirán ahí después de que te hayas ido. El juego de la vida es exactamente el mismo. Los jugadores vienen y se van. Interactúan en el mismo tablero en el que lo hacemos tú y yo. Pero recuerda: nada de lo que tienes y acumulas te pertenece. Tarde o temprano, todo lo que crees que es tuyo irá a parar nuevamente a la caja. Y te quedarás sin nada.”
El joven escuchaba cada vez con más atención. Y al captar su interés, el anciano empresario compartió con él una última lección: “Te voy a decir lo que me hubiera gustado que alguien me hubiera dicho cuando tenía tu edad. Piénsalo con detenimiento. ¿Qué pasará cuando consigas el ascenso profesional definitivo? ¿Cuándo hayas comprado todo lo que deseas? ¿Cuándo hayas subido la escalera del éxito hasta el peldaño más alto que puedas alcanzar? ¿Qué pasará cuando la excitación desaparezca? Y créeme, desaparecerá. ¿Entonces qué? ¿Cuantos pasos tienes que caminar por esta senda antes de que veas a dónde conduce? Nada de lo que tengas va a ser nunca suficiente. Así que hazte a ti mismo una sola pregunta: ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida?
El miedo al fracaso
“Muchas personas suben ciegamente peldaño a peldaño por la escalera que creen que les conducirá al éxito. Y solo al llegar a la cima se dan cuenta de que han colocado la escalera en la pared equivocada.” (Steven Covey)
Por más absurdo que nos pueda parecer al leerlo, hay personas que prefieren tener éxito a ser felices. Y eso que lo uno no es incompatible con lo otro. Sin embargo, entran en conflicto cuando la aspiración de lograr reconocimiento a toda costa se convierte en una patología; eso sí, socialmente aceptada.
Al mirar con lupa las motivaciones ocultas de quienes sueñan con recibir premios, salir en la foto y gozar del aplauso de multitudes, observamos una serie de rasgos en común. En primer lugar, comparten un profundo miedo al fracaso, un temor irracional de no “llegar a ser alguien”. Ese es el motor oscuro de muchas de sus decisiones y de casi todos sus actos. Esta es la razón por la que suelen ser adictos al trabajo o workaholics. En casos extremos, se sienten culpables si no están ocupados con quehaceres productivos, considerando el ocio y el descanso como una pérdida de tiempo.
Si bien suelen vivir desconectados de sí mismos, de sus emociones y sentimientos, están completamente enchufados al móvil y el ordenador portátil. En el nombre de la eficiencia y la profesionalidad, siempre están disponibles para sus jefes y clientes, relegando a la familia y los amigos a un segundo plano. Son ambiciosos y muy competitivos, y tienden a mantener relaciones basadas en el interés. Para ellos la vida es un concurso, una carrera, una competición. Sin embargo, se obsesionan tanto con ganar y llegar a la meta, que a menudo se muestran incapaces de disfrutar del camino.
De forma inconsciente, desarrollan una máscara deslumbrante, forjada por medio de prestigiosos títulos académicos y pomposos cargos profesionales. Gozar de una buena imagen es otra de sus prioridades. De ahí que suelen ser víctimas de la vanidad: si los demás no les reconocen los logros y méritos cosechados, ellos mismos se encargan de que todo el mundo se entere.
Podríamos decir que su flor preferida es el narciso. Y que entre sus animales favoritos se encuentra el pavo real. Debido a su carácter exhibicionista, saben cautivar la atención de los demás, desplegando un encanto personal bien calculado; son expertos en crear una magnífica impresión de sí mismos. A su vez se les puede identificar con el camaleón, pues también son maestros en el arte de adaptarse a sus interlocutores, mostrando aspectos de su personalidad que les garanticen una buena reputación social.
Creen que si no brillan, sobresalen o destacan serán invisibles a los ojos de la gente y, en consecuencia, indignos de reconocimiento. Muchos de estos adictos al éxito logran finalmente llegar a la cima. Pero algunos se encuentran con una sensación de vacío insoportable. De pronto tienen lo que siempre habían deseado. Paradójicamente, sienten que dichas recompensas carecen de sentido. Una vez conquistado el mundo se dan cuenta de que por el camino se han perdido a sí mismos.
Detrás de esta compulsión por el éxito se esconde una dolorosa herida: la de no sentirse valiosos por el ser humano que son, poniendo de manifiesto su falta de autoestima. Así, en vez de obsesionarse por el reconocimiento ajeno, es fundamental que aprendan a reconocerse a sí mismos. Es decir, saber quiénes verdaderamente son, yendo más allá de la máscara que han ido creando para seducir a la audiencia que les rodea.
Para lograrlo, han de redefinir sus prioridades, sus aspiraciones, así como su concepto de éxito, atreviéndose a tomar decisiones movidas por valores que de verdad les importen. Es entonces cuando muchos toman consciencia de que ser feliz vale más que tener éxito. Y en la medida que empiezan a ser fieles a sí mismos, a los dictados de su corazón, a menudo emprenden una senda profesional mucho más vocacional, orientando su existencia al bien común y no tanto a su propio interés. Lo curioso es que tarde o temprano llega un día en que el éxito aparece como resultado.
Sabios de todos los tiempos nos recuerdan una y otra vez algo que tendemos a olvidar: “el mayor triunfo es ser uno mismo”. En caso de no saber por dónde empezar, podemos seguir las indicaciones de Antoine de Saint-Exupéry: “Procura que el niño que fuiste no se avergüence nunca del adulto que eres”.
Para ello, no nos queda más remedio que escuchar con atención a nuestro corazón. Él sabe perfectamente quiénes somos y cuál es nuestro propósito en esta vida. Nuestro corazón lo sabe todo acerca de nosotros. El quid de la cuestión es si somos lo suficientemente valientes para escucharlo.
Por Borja Vilaseca
El paso del ego a la conciencia
En una charla años atrás con mis hijos adolescentes me preguntaron ¿qué es el ego? La manera que encontré de explicarlo fue haciendo un paralelismo con los autos porque uno de ellos tenía pasión por los mismos.
Les dije que en la vida nosotros somos como los autos, el tema central es quién es el piloto, debemos elegir quién conduce nuestra vida.
En este auto siempre están la conciencia y el ego. A partir de ahí hay dos alternativas: que la vida o el auto la conduzca el ego y cuando eso pasa el copiloto es la conciencia; y la segunda alternativa es que el auto sea conducido por la conciencia y el copiloto sea el ego.
Cuando decidimos que el auto que es nuestra vida, esté conducido por el ego, lo primero que ocurre es que al ego le molesta el copiloto que es la conciencia, le encantaría que se bajara del auto. El ego quiere hacer las cosas a su manera, no escucha la voz de la conciencia, se la querría sacar de encima. Cuando conduce el auto solo quiere hacer lo que él quiere y le conviene. Si algo se le presenta adelante y le molesta, le pasa por encima. Lo único que privilegia el ego es su beneficio, su interés. Es poco probable que cuando va conduciendo al auto y alguien se quiere subir se lo permita, ya que le gusta hacer las cosas solo. En ésta actitud el combustible del ego es el miedo. Va a tener miedo que alguien le quite lo que tiene, siempre está a la defensiva y debe ver como llega primero. A la mente el ego la usa para dominar cualquier situación, gobernar todas las cosas. La persona que vive desde el ego termina siendo finalmente un egoísta.
Por otro lado cuando la conciencia es la que maneja el auto, el ego está de copiloto y la conciencia sí escucha al ego, para las cosas mundanas, para los peligros posibles. A la conciencia no le molesta el ego ya que le sirve a los fines de conducir mejor su vida. Esta persona no se maneja con la razón, se maneja con el corazón. En todo caso aquí la mente es servidora del corazón. Piensa en plural y le encanta subir al auto todo lo que puede, siempre está lleno de personas. Si algo se le pone adelante no trata de dañar a nadie, porque cuida a los que puedan aparecer. El combustible de la conciencia es el amor, entonces la persona no solamente piensa en plural, por lo que trata siempre de hacer lo mejor, aunque a veces no le convenga. Sabiendo que lo mejor es más importante.
¿Cuál sería la vida de las personas si viven desde el ego o desde la conciencia?
Cuando la conciencia está gobernada por el ego la persona reacciona ante la realidad siempre desde lo emocional. Y la manera será siempre reactiva. Definamos primero qué es el ego: es el sujeto de nuestra personalidad, es la capa que se relaciona con los otros y que trata de estar de alguna manera actuando en las distintas situaciones que ocurren. Es nuestra forma de conducirnos y presentarnos ante los otros. Cuando uno vive desde la personalidad y desde el ego ocurre algo, nuestra afectividad, la piel de esa sensibilidad es la emocionalidad, que es la capa más externa de nuestra sensibilidad. Al vivir desde allí es que la persona ante cualquier situación reacciona y lo hace cuando las situaciones del medio no son favorables. Toda persona reactiva tiene tres acciones (tres A)como respuesta ante situaciones que no le gustan, una es la agresión, otra es la angustia (me duele, me siento mal) y la tercera es la ausencia (me voy, no quiero estar). Son tres reacciones naturales y comunes del ego. A veces suceden las tres en cadena. Te agredo, me siento mal y me voy. A lo largo del día me encuentro con varias situaciones que no me gustan, y si estoy parado desde el ego esto se transforma en una manera de vivir, queda la persona atrapada por su estado emocional activo. Luego de reaccionar, lo que hace es juzgar culpando al otro y empieza a calificar o descalificar a la persona o a la situación que tiene delante, con la intención de atacar al otro desde el dolor o la bronca o la sensación de molestia que tienen. En ese juicio de calificar y clasificar lo que intenta es controlar, es ganar la situación, el ego nunca quiere perder, busca imponerse con palabras, con gritos, con actitudes. No está buscando quién tiene la razón, solo trata de usar argumentos para lastimar al otro y salir airoso.
Viviendo así siempre está a la defensiva y sintiendo que la vida es una lucha, tratando que el otro no me gane. Vive en una tensión permanente porque se siente siempre agredido. O pensás como yo o sos mi enemigo y muchas veces ese estado de angustia genera actitudes que son desproporcionadas con la realidad. A la larga se va instalando una sensación de indigestión permanente porque los demás no hacen o piensan como yo. Finalmente estas personas van teniendo un síntoma que yo le llamo la triple i: inconformidad (nada le cae bien, nada es suficiente, siempre está pendiente de lo que a ella le pasa y la vida solo pasa por él o por ella); insatisfacción (sentir que desearían algo que no son o tener algo que no tienen) y la tercera es el individualismo (siempre piensan en sí mismos).
La pregunta que todos nos hacemos es: ¿se puede vivir de otra manera y salir de este modelo?
Por supuesto que sí, es vivir desde la conciencia. Lo primero que ocurre cuando decidimos esto, es que no vive inicialmente desde la emocionalidad sino desde la aceptación de la realidad. Esto es el primer paso para observarla y no reaccionar. Lo que está pasando es lo que tiene que pasar. Aceptación no es resignación; la aceptación es el punto de partida y la resignación es el punto de llegada.
Aceptar que lo que está sucediendo no tiene otra alternativa y que eso nos abre la posibilidad a que podamos dar nuestra mejor respuesta posible a esa situación. No es quejándome de lo que pasa ni reaccionando emocionalmente, sino mirando detenidamente la realidad para clarificar las cosas, para pensar qué tengo que aprender de esa situación. No tanto porqué sucede sino para qué está sucediendo. Es la conciencia a través de la mente que nos dice que es una invitación para que yo pueda dar una respuesta mejor. La vida no es más ni menos que una constante invitación a ver que respuesta vamos a dar ante las innumerables situaciones que atravesamos para convertirme en una mejor persona. Si pensamos de esta manera puedo liberarme del ego que quiere enseguida reaccionar. La actitud de aceptación inicial frente a lo que ocurre la tenemos que desarrollar ya que nos permite responder de la mejor manera, con mi corazón, con mi interior. La conciencia es el sujeto de la espiritualidad, voy más adentro mio para ver mi interior con respecto a lo que la vida me muestra. Cuando dejo al ego del lado y me instalo en la conciencia lo veo al otro como un compañero de la vida, no es mi enemigo por actuar distinto a lo que yo quiero. Cuando tomo distancia afectiva dejo de reaccionar y me importa más qué es lo mejor que puedo hacer. Encontrar respuestas frente a la situación que me ayuden a seguir creciendo, poner claridad sobre la realidad, lo importante es discernir las cosas. No vivo culpando al otro, simplemente trato de pensar qué invitación me está haciendo la vida para definir de qué manera tengo que responder. Y cuando decidimos responder desde la conciencia utilizamos siempre tres “P”. En lugar de enojarme con lo sucedido tengo más disposición a “perdonar”, no tengo una actitud de enojo. El perdón es muy natural de la persona que acepta la vida y no culpa al otro. Perdona desde la comprensión, el otro hace, no me hace. Podemos equivocarnos en los vínculos pero sin intención de lastimar al otro.
A la actitud de perdón le sigue la “paz” que tiene como fin la actitud de la “presencia”. No me quiero ir, me quedo y trato de dialogar para poner palabras que clarifiquen las cosas. El tiempo, la energía y el desgaste emocional de las personas que viven desde el ego es mucho mayor que las que viven desde la conciencia, que saben escuchar más que tratar de hablar para imponer su opinión. Cuando uno no quiere, dos no pelean.
Hay que ir por la vida confiando, sin querer controlar a los otros, tratando de crear nuestra vida, superándome en las respuestas que voy dando para así crear una vida más sana, más plena. Estar siempre dispuesto a dialogar hace que a la larga las situaciones adversas no me saquen de mi ser. No me voy identificando con los problemas, me encuentro abierto a los demás, soy transparente, franco y miro a los ojos. Cuando vivimos desde la conciencia la mente está al servicio del corazón, y las actitudes son las de aceptar, responder y crear nuestra vida. Sabiendo que no somos dueños de nada, solo administradores de algo que es prestado. Eso nos trae más salud psíquica, física y emocional. Quienes viven desde el ego se creen dueños de su vida y de sus pertenencias.
Cuando vivimos desde el amor, naturalmente se abre una visión trascendente de la vida, tiene sentido que así sea. Nos damos cuenta que el amor termina siendo la razón fundamental de la existencia y por ese camino fácilmente se abren las puertas a una visión espiritual de la vida.
La persona egoísta siempre está midiendo lo que le sirve, sus beneficios y está cerrado al amor, por lo que les es muy difícil conectarse con la fuente.
Lo importante es saber elegir quien es el piloto de nuestra vida, el ego o la conciencia. Los grandes egos son grandes escudos que protegen mucho espacio vacío. Las personas egoicas están muy atentas al afuera y a los que los demás pueden hacerle o decirle. Le restan mucho tiempo al trabajo interior porque lo que buscan es tener más habilidades para ganar más, para tener más, para durar más. Viven atrapados en el más. Cuando las personas viven desde la conciencia y les importa responder de mejor manera, se ocupan de formarse cultivando su interioridad, enriquecen su vida con creatividad. Con el paso de los años se transforman en sabios, maduran y no duran como los que viven desde el ego, que con el paso de los años se transforman en viejos, quedan solos y hostiles.
Las personas que viven desde la conciencia van a tener tres actitudes centrales en su vida, las tres comienzan con G. La primera es la “gratitud”, ya que esa persona acepta la realidad es agradecida porque esa experiencia vivida permite que sea la persona que es. No es que queramos situaciones malas pero con el paso del tiempo podemos agradecer que esas personas o situaciones vividas nos han ayudado a ser lo que somos. Llegará un tiempo en que agradeceremos durante el momento en el que estamos viviendo las experiencias, convencidos de que todas son oportunidades para seguir creciendo. Y si vamos un paso más allá, todos los días al despertar podemos agradecer por lo que la vida hoy nos presente. Que las cosas agradables las pueda disfrutar más y que ante las no tan buenas tenga la fuerza para atravesarlas bien y aprender lo que tenga que aprender. Agradecer por anticipado. La gratitud es el perfume del Amor. La persona agradecida tiene la sonrisa fácil.
La segunda actitud es el “gozo”, es defender y sostener la alegría de vivir. Es sanante para uno y el mejor alimento para los demás. Las personas que amamos se alimentan de nuestro gozo de la vida.
La tercera actitud que se decanta luego de la gratitud y el gozo es la “generosidad”. Ir al encuentro del otro intentando mejorar la situación, cómo podemos reparar lo que está sucediendo porque no me da lo mismo que el otro esté mal. No voy con enojo ni angustia, voy sin carga emocional tratando de sanar lo que sea necesario. Las personas generosas quieren el bien para uno y para todos porque desde ese lugar nos beneficiamos en plural. Quizás debamos esperar el momento para hacerlo; la persona que vive desde la conciencia saber esperar para así poder ver con tranquilidad y analizar las responsabilidades compartidas, ya que todos formamos parte de lo que pasó. Sin acusar ni juzgar, con la sana intención de unir y crecer.
Una persona con Grandeza de Espíritu es agradecida, busca por sobre todas las cosas sostener la alegría y siempre es generosa poniendo lo mejor de si en función del bien común. Las diferentes culturas de la Tierra llamaban a estas personas que tenían esta actitud “Los Guerreros de la Luz”. En la tradición Maya es aquel que trata por todos los medios de poner al ego de copiloto. Combate contra sus propios enemigos internos, contra el miedo, contras las pasiones y contra el ego que siempre lo quiere dominar.
Las diferentes circunstancias de tu vida sirven para revelar quién sos, si estás en el ego o en la conciencia. Frente a una situación difícil la persona que vive desde el ego va a buscar salvarse él, buscando lo mejor para si. En cambio la persona que vive desde la conciencia va a tratar por todos los medios de encontrar la mejor solución en plural.
Qué hermoso es como padres cuando frente a una situación difícil nuestros hijos actúan desde la conciencia y no desde el ego. Uno dice qué lindo, los eduqué bien, valió la pena.
Hay que contagiar y mostrar que a través de la gratitud (antes, durante o después), el gozo y la generosidad aprendiste a vivir. Decidiste pensar en plural y no en singular. Y no existen premios o castigos, solo hay consecuencias. Para los que viven desde el ego hay vejez y soledad entre otras tantas, en cambio para los que viven desde la conciencia los efectos son la sabiduría, la alegría de vivir, que todos quieren subirse al auto ya que su compañía es muy valorada por todos. Aprendiste a poner claridad en tu vida y estar disponible siempre. Terminas siendo un guía para los demás porque las personas que viven desde la conciencia agrupan y tienen una fuerte vocación de servicio. No me alcanza con ser feliz, quiero que todos lo sean.
Hay tres maneras de vivir: la persona que tiene una vida dependiente, la persona que tiene una vida que depende de si mismo y la persona que tiene una vida que contribuye. Y uno elige, vivir dependiente de otros, vivir solo pendiente de mi mismo (el ego) o tener una vida que colabora. Las personas que viven desde la conciencia les importa contribuir en algo en el tiempo que las vida les da.
Uno elige, es el artífice de su destino. El secreto está en tus respuestas y no en tus reacciones.
Ojalá que todos podamos tener como piloto de nuestra vida a la conciencia y llenarla con su combustible, el Amor, para así superarnos cada día un poquito más.
Por Roberto Pérez
Ladrones de tu calma
Ten cuidado con tus miedos, les encanta robar tus sueños.
Sigilosos, silenciosos, alocados, con cautela o sin ella, muchos miedos aparecen para destruir tus posibilidades y estancarte. El miedo es una emoción necesaria, una reacción natural, instintiva al peligro, siempre y cuando responda a algo real que te mueva a defenderte o a escapar. Lamentablemente, en general no es más que una tortuosa fantasía que estorba tu desarrollo.
Cuando estás tranquilamente en tu casa y aparece de la nada un miedo, disfrazado de los peores escenarios, eso puede ser ansiedad. Si deseas comenzar un proyecto e imaginas todas las maneras en que no estás preparado para hacerlo, eso es perfeccionismo. Si tienes miedo de invitar a salir a alguien o de hacer nuevas amistades, quizás sea una fobia social.
El miedo descontextualizado suele hacer su aparición cuando menos necesitas que lo haga, con tan solo unos pocos minutos en tu mente ya puede apoderarse de ti y cuando te percatas de su presencia, ya es demasiado tarde y él ya tiene el control absoluto.
El miedo tiene muchas máscaras y pocas veces nos es funcional cuando se entrelaza con los escenarios desastrosos que podemos crear en nuestra mente. Puede ser experimentado en diversas ocasiones, pero sin duda la más molesta es cuando se hace ver en aquellas circunstancias donde más necesitas de tu valor. Nace gracias a diversas fuentes, una de ellas es tu infancia. Tomemos por ejemplo el caso del amor, si has crecido en una familia donde tus padres eran infieles o tenían una relación violenta, es muy probable que cuando seas adulto tengas miedo de que te suceda lo mismo, que quieras protegerte a toda costa del dolor que vivenciaste. Las personas suelen apropiarse de la angustia de sus padres, incluso pueden creer que correrán inevitablemente con la misma suerte.
El miedo al éxito está también asociado a una baja autoestima y en algunos casos, incluso es un temor a superar a los padres. Cuando se ha tenido padres que no han accedido a estudios, a oportunidades, el hecho de que en cierta forma ellos se sientan «mejores» que sus congéneres, es suficiente para estancarse y negarse las oportunidades que si han tenido.
El miedo disfuncional me gusta llamarlo fantasía. Ya que se tratan de películas en tu mente que jamás se concretarán o si temes a algo que ocurrió en el pasado, ten presente que no necesariamente se tratará de algo que volverá a repetirse.
Ahora, la pregunta del millón, ¿cómo puedes aprender a superar tus miedos? Primer paso identifícalos, escribe cuáles son las cosas que te preocupan. Luego convierte esos miedos en preguntas, cuando te haces preguntas tu mente se muestra más receptiva a buscar soluciones. El tener un plan de acción te hace sentir más seguro y en control, así que puedes comenzar a imaginar las diferentes respuestas a los temores que te atormentan. Segundo paso, comenzar a enfrentarse a los fantasmas. Cuando evitamos a hacer cosas relacionadas al temor, lo que estamos haciendo es alimentar al monstruo, la evitación lo hace crecer. Por eso, de manera paulatina, debes enfrentarte a aquello que te genera menos temor a lo que más, para ir desensibilizando los miedos.
A modo de ejemplo, en el caso de miedo al fracaso, podrías intentar asistir a entrevistas laborales, practicando cómo sería tu respuesta, tu comportamiento, sin importar el resultado, porque aquí el foco está en desensibilizar esas situaciones y no interesa si lo obtienes o no, lo importante es que te presentes y des lo mejor de ti.
En cuanto al amor, siempre puedes invitar a salir a alguien, ¿qué puede ser lo peor que puede pasar? La clave es actuar, hacer algo para comenzar a construir tu confianza. Tampoco debes sentirte culpable o castigarte por ser tu propio saboteador, tienes que identificar la raíz de tu miedo y estar determinado a luchar contra él, teniendo paciencia y buscando ayuda de ser necesario.
Uno siempre debe preguntarse, ¿vale la pena vivir con miedo, cuál es el beneficio que obtengo de esto? ¿Hay algo que pueda hacer para cambiarlo? ¿Por qué prefiero vivir desde la impotencia y no desde la plenitud?
El miedo puede ser superado, con paciencia y constancia.
Te invito a trabajar en los obstáculos que quiebran la armonía de tu vida, no permitas que las trampas del temor arruinen tu felicidad, porque el miedo es un enemigo que es mejor tener lejos para prosperar.
Por Mariana Álvez
El cambio forzado y el cambio que fluye
El cambio es una constante en la vida, aunque no siempre lo notemos. Pasa en la naturaleza, en el cuerpo, en los órganos, en las estaciones.
Las células se renuevan, los ciclos se cierran, algo muere para que algo nuevo exista.
En la infancia y en la adolescencia el cambio es evidente: el cuerpo crece, la voz se transforma, las amistades cambian, la identidad se mueve todo el tiempo. Los niños y adolescentes viven inmersos en el cambio constante, aunque no siempre sepan cómo nombrarlo o sostenerlo.
Sin embargo, llega un momento, muchas veces en la adultez, en el que empezamos a resistirnos.Queremos estabilidad. Control. Continuidad.
Y el cambio empieza a dar miedo. Paradójicamente, hoy parece que si no hay cambio no hay crecimiento. Si no estás cambiando, pareciera que estás quedando atrás. Que llegás tarde. Que algo está mal. Pero no todo cambio es igual. Y no todo cambio nace del mismo lugar.
Existe un tipo de cambio que no se elige: se impone. Un cambio que llega a la fuerza, cuando algo se vuelve insostenible.
Muchas veces aparece después de haber estirado demasiado una etapa, una forma de vivir, una identidad. Llega tras una crisis de salud, un accidente, una ruptura, un agotamiento profundo, una pérdida.
Es el cambio que irrumpe cuando ya no queda margen. Cuando el cuerpo grita porque no fue escuchado antes. Cuando la vida empuja porque no hubo espacio para registrar las señales más sutiles. Muchas personas llegan a este punto después de haber sostenido demasiado tiempo algo que ya no les hacía bien.
No por falta de conciencia, sino por costumbre, por miedo, por responsabilidad o por lealtad a una versión antigua de sí mismas.
Cuando me propusieron hablar del cambio pienso en cómo cambió ese concepto que tenía sobre él. Conviví con figuras rígidas que parecían no cambiar nunca. Personas convencidas de que “la gente no cambia”, “yo soy así y al que le guste bien y al que no también”.
Hasta que la vida las fuerza. A veces con dureza. Este cambio puede traer aprendizaje, sí. Pero suele dejar marcas: cansancio, duelo, resentimiento, soledad, sensación de haber llegado tarde.
No digo que sea un cambio equivocado. Hoy sé que no es el único posible.
Hay otro tipo de cambio, más silencioso, menos dramático. Un cambio que no llega por choque, sino por escucha. Ese cambio nace desde adentro. Es el cambio que aparece cuando bajamos el ruido externo, cuando dejamos de compararnos, cuando dejamos de correr detrás de lo que “deberíamos” ser o hacer.
Este cambio no nace de la urgencia, sino de la claridad. No viene del miedo, sino de la intuición. No exige demostración ni sacrificio. A veces empieza con una incomodidad suave. Con una pregunta interna. Con la sensación de que algo ya no encaja, aunque desde afuera “todo esté bien”.
Muchas personas creen que para cambiar necesitan irse. Cambiar de lugar, de trabajo, de relación, de país. Y a veces ese movimiento es necesario y profundamente válido.
Pero no es el único camino. No todos los cambios requieren huida. Algunos requieren presencia.
Es el cambio que se inspira en las historias justas, en los encuentros precisos, en las conversaciones que llegan en el momento exacto.
El que aparece cuando escuchamos al corazón sin imponernos plazos ni explicaciones.
Y cuando este cambio fluye, algo curioso sucede: las puertas se abren, las personas correctas aparecen, las oportunidades llegan sin forzarlas.
No porque todo sea mágico, sino porque estamos alineados con un ritmo más auténtico. Tal vez uno de los mayores malentendidos de nuestra época es creer que cambiar implica acelerar. Cambiar no es hacer más, ni moverse más rápido.
A veces, el cambio más profundo ocurre cuando frenamos. Cuando dejamos de sostener por inercia. Cuando nos permitimos una pausa real. Cambiar también puede ser soltar una versión de nosotros mismos que ya cumplió su función. Aceptar que no somos los mismos de hace diez años. Ni siquiera de hace dos.
El cambio forzado nos enseña, muchas veces atravesándonos y sobrepasando las emociones, y suele tener consecuencias no solo en nuestra vida sino también en la de otros. El cambio fluido nos enseña a través de la coherencia.
Ambos existen. Ambos forman parte de la vida.Pero quizás hoy, más que correr detrás del cambio, necesitamos aprender a escucharlo antes de que grite.
A reconocer cuándo algo puede transformarse sin romperse.
A confiar en que seguir la intuición, aunque no tenga garantías, muchas veces abre caminos que la fuerza nunca podría sostener.
Porque hay cambios que no empujan. Invitan.
Y cuando los seguimos, la vida no se vuelve más fácil… pero sí más verdadera.
Porque al final, aceptar que podemos cambiar desde el amor es el cambio más hermoso.
Y entender que no hay errores en el camino, solo desvíos, obstáculos y pausas necesarias, tal vez sea la forma más honesta de vivirlo con sentido.
Por Viviana Di Leo
La felicidad como virtud
¿Quién es responsable de tu felicidad y de tu futuro? Vos. ¿Y quién te engaña, te esclaviza, o te atrapa, entonces? Vos mismo.
El auto engaño es contarte una mentira y creértela. Y lo más difícil es reconocerlo. Por eso la infelicidad es la forma en que tienes de saber si estás viviendo una vida que ya no te va. Porque si vos sos responsable de tu futuro, y de tu felicidad, los demás no son culpables de lo que te pasa.
Simplemente, puede ser que los demás no están haciendo lo que deberían hacer para facilitarte el camino. Y podrían cooperar de otra manera… como a ti te gustaría. Pero ellos no son responsables de tu felicidad.
Si vives una vida de autoengaño o una vida no auténtica, es probable que te enfrentes a la infelicidad.
Despierta…
“Seamos el cambio que deseamos para el mundo”. Gandhi
Necesitas despertar. Y cambiar primero antes de exigir que la realidad sea diferente. Quizás sea difícil reconocerlo, pero la vida te va abofeteando para que despiertes.
Mírate al espejo. Mira tu mirada. ¿Puedes decir que eres libre? ¿Vives de acuerdo a como piensas? ¿De acuerdo a tus valores y a tu esencia? Porque si piensas que la responsabilidad de tu felicidad es tuya, entonces vive de acuerdo a eso!
La libertad es una construcción responsable. Y mientras los otros sean los responsables de tu vida, no serás libre. Vivirás esclavo de situaciones, personas, problemas y excusas.
“La Verdad os hará libres”, dijo Jesús. Porque la Verdad es innegable. Se presenta en el mapa de tu vida. En tus vivencias. En la película en la que has elegido evolucionar y Realizarte.
La realidad se te impone, la verdad se te muestra como sufrimiento o dolor cuando te resistes al amor. Porque la solución está en el problema. ¿No lo has pensado? Cuesta abrirse completamente del conflicto, pero si miraras con simpleza de corazón verías la Verdad.
Por eso quien acepta lo que sucede, puede elegir con responsabilidad y facilidad.
Amar con los ojos abiertos.
El mundo interior se transforma en el mundo exterior. Tener los ojos abiertos del alma te permitirá discernir con conciencia y claridad.
Mucho de lo que sucede hoy es el espejo del egoísmo y la destrucción interior. La violencia interna genera la violencia externa.
La Felicidad es ahora, es Presencia…Eso no tiene que ver con los demás sino contigo. El esfuerzo real y cotidiano que tienes que hacer para vivir la vida que quieres vivir. Y entusiasmarte con tu camino. Y allí es donde comienza tu compromiso con construir día a día tu felicidad, en hábitos. Para que las virtudes y los valores que son tu esencia real se manifiesten de forma espontánea. Y que tu felicidad sea Verdad.
Aceptando que toda tu realidad, absolutamente toda, es tu camino espiritual y es un resultado de tu mundo interior.
Aunque te duela, aunque te cueste… porque si te engañas a ti mismo sin duda te dolerá saber que vives en la sombra de tus sueños. En la mentira que te inventas para ser alguien casi feliz, pero no plenamente feliz.. porque eso implica compromiso y esfuerzo cotidiano.
Quizás sea tiempo de desmitificar la felicidad como una fórmula mágica, cuando es el resultado de hábitos, práctica y la profunda conexión con tu Ser Auténtico.
Ser feliz es tu decisión conciente. Entonces podrás prepararte para elegir quien ser en los conflictos y en los momentos difíciles de tu vida. Y de aceptar los procesos vitales en amor a ti como a los demás. Y serás libre cuando te ames tanto que te permitas ser feliz.
Que este próximo año te traiga como regalo a ti mismo.
Más comprometido que nunca a vivir como dices que debería ser tu mundo.
Por Martha Flores Colombino
Proyectando bienestar
Ser adultos mayores o cursar la tercera edad es un proceso, no llega esta etapa de un día al otro; fuimos andando un camino que es la vida, por eso este artículo está dirigido también a quienes son jóvenes o están en la mediana edad; porque la vejez es un estado que se prepara, se imagina, se sueña, si es con compañía mejor. Escucho en ocasiones decir: “ vamos a hacer una comunidad”, “armamos un grupo con amigos para cuando nos toque la jubilación”; estas son formas de preparar la vejez, con entusiasmo, visualizándola como una etapa disfrutable.
El primer proyecto que me animo a postular es llegar a vivir una vejez saludable; este planteo da para muchas charlas y discusiones en los talleres de adultos. ¿Qué es una vejez saludable? Entendemos como obvio que se trata de salud física, espiritual, afectiva, cognitiva. Todos los aspectos que hacen a nuestro ser humano están interrelacionados permanentemente, si bien podemos tomar uno u otro para trabajarlos y mejorar como personas integrales. Entonces, esta reflexión sobre qué entendemos por salud, por bienestar, (considerando que todos tendremos seguramente como meta vivir la vejez como un estado de bienestar) es el paso inicial a proyectarnos hacia adelante, hacia un futuro posible y real. La vejez comienza cada vez más tarde, la calidad de vida a la que accedemos en general promueve una demora en los enlentecimientos que podrían darse a nivel orgánico y cognitivo.
No tenemos excusas, somos viejos cada vez más tarde, pero el sentirnos viejos saludables es una decisión que todos los días debe ser tomada. Para el ser humano un proyecto de vida implica poner en funcionamiento todas las capacidades y posibilidades con un fin.
Tener proyectos implica un trabajo psíquico importante que tendrá como efecto casi inmediato el logro de la autonomía. Este es un concepto muy importante cuando somos adultos, la autonomía implica el autocuidado, la independencia, la confianza en sí mismo y el fortalecimiento de la autoestima.
Se genera un retorno fácilmente visible, nos proponemos cosas, las logramos, tenemos más bienestar y confianza en nosotros, seguimos planificando. Es un círculo positivo, el cual una vez en marcha es sencillo de mantener. Como primer desafío entonces a cualquier edad es proyectarnos como seres humanos a una vejez exitosa, entendida básicamente como mantenimiento de la autonomía, un equilibrio que llamamos salud en tanto capacidades físicas y cognitivas y el constante crecimiento espiritual y afectivo rearmando nuestros vínculos y convivencia.
Un proyecto de vida se fundamenta sobre los modelos conocidos y experimentados desde la infancia desde lo que se anhela ser o tener como características psicológicas y ambientales.
Qué hacer para tener proyectos de vida a cualquier edad (y sobre todo para la vejez):
Anticipar. La vida irá sucediendo a nuestro pesar o con nuestra aceptación. Una forma de tomar las riendas y generar las situaciones más adecuadas es anticipándolas. Imaginar cómo será nuestra vida futura, con lujo de detalles!, imaginar lugares, personas que nos acompañarán, actividades que estaremos realizando.
Hacer una lista. Muy larga, con muchas ideas, ayudarnos con libros, internet, amigos, NIETOS.
Aprender. Estamos en constante aprendizaje, lo tengamos presente o no. El ser humano alcanza su máximo nivel funcional a nivel cognitivo a los 25 años aproximadamente. Esta noticia puede ser la base de una constante formación, ya que el organismo a partir de este pico comenzaría un declive si no fuera por la experiencia que acumulamos y que se basa en conexiones neuronales cada vez más complejas producto de los aprendizajes. Esto de que somos más sabios tiene una base neurológica muy importante. Van a haber aprendizajes específicos y concretos. Usar el mail para comunicarnos con los nietos, tomar clases de gimnasia para mantener el buen tono muscular, aprender nuevas recetas de cocina para ayudar y acompañar a un familiar que está a dieta.
Entrenar. En este mundo tan amplio aprenderemos muchas cosas nuevas, y tendremos la oportunidad permanente de elegir aprendizajes, pero también hay aptitudes o fortalezas que tendremos que mantener. Acá es donde tenemos la necesidad de entrenar. Y este concepto no se aplica a un entrenamiento físico solamente, significa también entrenar las capacidades que hemos ido despertando a lo largo de nuestra vida y aquellas fortalezas que siempre nos distinguieron. Podemos entrenar nuestra atención y memoria en vez de quedarnos en una postura pasiva con la amenaza de perderlas, podemos entrenarnos en aprendizajes más recientes en nuestra historia; si los niños y jóvenes permanentemente están modificando saberes al incorporar tecnologías nuevas, también podemos hacerlo a cualquier edad.
Buscar ayuda. Un grupo, una terapia específica, grupos de reflexión, de discusión, de meditación, son muchos los etcéteras que podemos agregar. No estamos solos en el mundo; una vez más invito a pensar que si nuestros aprendizajes de la niñez y juventud fueron en grupos, con maestros, etc, nada nos obliga a enfrentar solos los desafíos de esta etapa.
Priorizar los afectos. Puede parecer repetitivo, pero esta etapa como todas las de la vida son más plenas y ricas compartiendo con familia y amigos.
Es una época donde hemos aprendido lo suficiente acerca de nuestras necesidades afectivas y quizá podemos darle un lugar de privilegio en nuestra vida a aquellos seres que las cubren y nos hacen sentir queridos y queribles. Es el momento de acercarnos y buscar cuando estos afectos no están cerca.
Me despido hasta el próximo encuentro invitándolos a proyectarnos, a hacerlo con entusiasmo, con esa ilusión que desde niños nos llevó a caminar, a ver que hay más allá, a descubrir personas que detrás de una sonrisa nos brindaron momentos de felicidad. ¡Encontrémonos con lo mejor de nosotros!
Por Rosario Lemus
El camino hacia el amor
Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía… Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.
Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.
Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo.
Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas. Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío. Amar es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento.
Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.
- Ya entendí - dijo la rosa...
- No lo entiendas, vívelo - dijo el Principito.
Desde mi convicción más profunda siento que conectarnos con el Amor es un camino que recorremos todos los seres humanos desde nuestro nacimiento, arribando mientras lo transitamos a diferentes estadios evolutivos que nos acercan a tan ansiado estado.
El Amor desde mi perspectiva está intrínsecamente ligado a la sabiduría lograda luego de transitar conscientemente un largo trecho de nuestro camino evolutivo.
Esta sabiduría implica trascender pensamientos que involucren juicios hacia personas y circunstancias, para poder fundirnos interior y exteriormente con lo que se observa de tal modo de poder “captar” lo esencial de cada persona, de cada lugar y de cada experiencia.
Lograr, además, la sapiencia necesaria para hacernos responsables de las vivencias que atravesamos, no importa de qué índole sean, aún las más desafiantes, permitiéndonos sentir un sagrado agradecimiento a la Vida que nos brinda la maravillosa oportunidad de despertar a una Conciencia Superior a través de las “piedras” del camino.
En definitiva, para AMAR, hemos de lograr mirar a nuestra sombra de frente, sin miedo, aceptándola e integrándola. Porque para AMAR es necesario AMARNOS en primer lugar.
Cuando nacemos a la vida somos seres absolutamente dependientes del mundo que nos rodea, sin amor, comida, abrigo, etc., jamás podríamos sobrevivir. Prontamente aprendemos lo vital que es para nosotros la atención de los adultos significativos a nuestro alrededor, al punto que se nos va la vida en ello.
En la medida que crezcamos en un ambiente de respeto, amor, valoración, cuidado y aceptación iremos madurando emocionalmente y aceptando las frustraciones que conlleva la realidad llegando a un estadio adulto con un desarrollo emocional sano que nos lleve a aceptar las circunstancias sin culpar al entorno ni a nosotros mismos.
Muchos adultos no han logrado desarrollar de niños una sana autoafirmación con el consiguiente daño en su autoestima por falta de atención y valoración en edades tempranas. Esto los lleva a estancarse en un estadio evolutivo propiamente infantil, que se caracteriza por una escasa autoconciencia y por la recurrencia permanente al pensamiento mágico como mecanismo defensivo para evadirse de una realidad que les resulta especialmente desafiante. Una profunda necesidad de reafirmar su ego, los lleva a exigir todo lo que pueden para ellos, pidiendo ser mimados y contemplados en todas sus demandas, intentando controlar situaciones y personas para recibir aquello que creen necesitar, de lo contrario se frustran, se enfadan o se deprimen.
En mayor o menor medida todos los seres humanos convivimos con heridas de la infancia y no necesariamente nuestra edad biológica coincide con nuestra madurez emocional. Cuando atravesamos experiencias que se relacionan directamente con esas heridas nuestro niño interior aparece sufriente y demandando desde ese estadio infantil aquello que le fue negado para sacarlo a luz con el propósito de sanarlo.
Es precisamente en esas vivencias dolorosas donde se manifiesta claramente el QUIERO infantil y egoico, afectando a las circunstancias y a las personas que nos rodean. Nos sentimos vulnerables para hacer frente a nuestra sensación de soledad y abandono interior, se manifiesta mucho sufrimiento y frustración por la manera de vivenciar las experiencias, ya que aún somos incapaces de reconocer nuestra sombra y vernos reflejados en nuestra realidad.
El propósito de esta etapa es precisamente el reconoci-miento de nuestra sombra en la necesidad de alejarnos del dolor. Es una etapa inevitable de transitar antes de despertar a una Conciencia Superior donde comencemos a conectarnos con el Amor. Cuando despertamos al Amor, (que sin dudas será luego de atravesar el sufrimiento del estadio anterior) aprendemos a dejar de buscar culpables para conectarnos con nuestra responsabilidad de vivir una vida con sentido. Comprendemos que nuestra existencia –única e irrepetible- tiene un propósito que solo nosotros podemos llevar a cabo. Y cuando nos hacemos conscientes de esto y comenzamos a “ver” nuestra realidad con nuevos ojos, aparecen los maestros para enseñarnos lo que necesitamos aprender, para poder cumplir nuestra misión. Pueden presentarse en la forma de un amigo, un libro, un niño o una conversación que por arte de magia escuchamos. No es coincidencia, son señales que hay que aprender a decodificar. Recibirás pistas a lo largo de tu vida, que te dirán qué hacer, solo mantente alerta, despierto y sigue tu intuición para Crecer en el Amor que guiará tu vida. Desde esta perspectiva la vida pasa a ser una mágica aventura, percibimos como todo está relacionado con todo.
En un determinado momento es como si miráramos un tapiz del lado del revés y no entendiéramos la figura, pero luego vamos viendo cómo se va formando esa creación, vemos más claramente (clarividencia), y comprendemos que todo sucede por una razón superior a nosotros. Desde esta comprensión de la realidad, al mirar retrospectivamente diez años atrás en nuestra vida, podemos ver cómo cada una de las acciones, nos llevaron cuidadosamente al momento que estamos viviendo hoy. Veremos con claridad que cada persona y circunstancia de nuestro pasado, parecen acomodarse como si fueran piezas de un rompecabezas.
Una persona que ha recorrido este camino, conectando con sus luces y sus sombras, reconociéndose en ellas no proyecta sus miedos en las otras, ni resuena con los miedos de los demás. La persona con una Conciencia Superior de sí misma ha desarrollado una fuerte autoestima: se tiene a sí misma, se ama a sí misma. No está en situación de necesitar a otra para llenar su vacío, ni para calmar su dolor emocional. Está llena de sí misma y desde su plenitud, puede Amar y también recibir Amor. Entonces se suman plenitudes: no te necesito para ser feliz, contigo soy más feliz!
Aquí se cierra el círculo, EL AMOR ES TODO, ES ABSOLUTO, ES TOTAL!
Por Laura Pereira